"Pero el amor y el odio, pensaba ahora, el bien y el mal, vivían juntos en el corazón humano; en vez de hallarse distribuidos desproporcionalmente en los hombres, formaban una especie de bloques monolíticos, uno bueno y otro malo. No había mas que buscar un poco de uno u otro para encontrar el todo, bastaba con escarbar en la superficie. Todas las cosas tenían un lado opuesto cerca de ellas; toda decisión, un razonamiento en contra; todo animal, otro animal empeñado en destruirle; el macho a la hembra; lo positivo a lo negativo. La fisión del átomo era la única forma auténtica de destrucción, la ruptura de la ley universal de la inmutabilidad. Nada podía existir sin llevar lo opuesto íntimamente ligado. […]

Y Bruno, él y Bruno. Cada uno de ellos era lo que el otro no había querido ser, la parte desechada de su ser, lo que creían odiar pero que, en realidad, tal vez amaban.

Durante un instante pensó que quizá se habría vuelto loco.

Pensó:

La locura y el genio coinciden a menudo también. Pero ¡qué vida mas mediocre llevaba la mayoría de la gente, nadando entre dos aguas, como casi todos los peces!”

                                                         - Extraños en un tren, Patricia Highsmith